Planificar o no planificar, esa quizás no es la cuestión.

Reflexiones tras la lectura de Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir  de D. Cassany. 

¿Qué es la composición del texto? Se pregunta Cassany, y expone las diferentes estrategias que se
emplean (tanto los profesionales como los estudiantes) para crear sus textos (realizando una comparativa entre lo que él llama escritores competentes e incompetentes). Nos habla sobre la importancia de tener conciencia sobre el público al que nos dirigimos, sobre las consecuencias que tiene la planificación o la falta de planificación a la hora de enfrentarnos a un texto, sobre la relectura o las correcciones durante el proceso de escritura, sobre la recursividad  y las estrategias de apoyo, como la utilización de esquemas o resúmenes.

Estoy de acuerdo en la mayoría de puntos en los que incide Cassany. Creo que para la adquisición de una destreza (sea esta cual sea), la formación es necesaria. Cualquier actividad creativa necesita de una previa preparación y cuánto mas preparado está alguien y más haya perfeccionado su técnica más fácil será luego la improvisación. A veces la excesiva planificación o preparación parece que reste naturalidad u organicidad a la actividad, tal y como apunta Cassany (p.124), pero la formación y la preparación son imprescindibles para perfeccionar una técnica. Y para improvisar, la técnica tiene que estar consolidada.

Uno de los puntos que encuentro destacable es el empleo de los términos "competente" e "incompetente" como si de una clara clasificación de tratase. Sobre todo hoy en día, ya que la escritura de libros se ha convertido, en muchos casos, en el complemento de merchandising para personas populares en los medios de comunicación. Publicar un libro es hoy algo imprescindible para todo celebrity que se precie.  ¿Son estos celebrities competentes o incompetentes? Según la Real Academia Española competente es aquel al que corresponde hacer algo por su competencia, siendo competencia la pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado. Está claro que quien escribe un libro por el mero hecho de crear un producto de merchandising no lo está creando por su competencia para crearlo. Pero, ¿puede resultar competente?

¿Soy yo competente cuando escribo?

Hecho la vista atrás pero es la memoria, y no la vista, la que trabaja para encontrar en mis archivos aquellos momentos en los que me he enfrentado a la escritura creativa. Remontándome a la infancia recuerdo con especial entusiasmo esos primeros días en la escuela infantil en la que se me presentaban las letras del abecedario. No hacía más que repetir a mi profesora que quería aprender todas las letras del mundo y que para ello debía de acelerar el ritmo. Aprender a leer fue un placer inmenso, descubrí los letreros y de repente comprendí el funcionamiento de las ciudades, con sus direcciones, sus indicaciones y sus tiendas, cada una con su nombre. Leía y leía y no paraba ni cuando comía. 

La escritura llegó a mi vida más tarde. Primero en la adolescencia en forma de desahogo, con mi diario y también con mis amigos en la distancia (¡qué maravilloso es recibir cartas y devorarlas como si de la más fina y exquisita literatura se trataran!), después en la época de estudiante de Comunicación Audiovisual, de Dramaturgia y de Danza. Con estas tres formaciones que recibí descubrí muy diferentes formas de abordar la escritura. Todas ellas enfocadas a un público, ya sea en directo o en diferido. En los talleres de guión aprendí a seguir un proceso, bastante rígido, para la escritura de guiones: tema, subtemas, sinopsis, creación de personajes, relación de personajes con los subtemas, argumento, estructura de actos y secuencias o escenas,  tratamiento, escritura de diálogos. Este no es un proceso lineal, aunque lo parezca, si no uno más discursivo, en el que se van adaptando y reescribiendo los personajes, las escenas, los diálogos etc. Además, el guión sigue vive durante el rodaje, adaptándose al director, a la cámara, a los actores etc. Algo parecido pasa con la dramaturgia, pero en este caso el texto sigue vivo eternamente, reescribiéndose cada vez que se pone sobre un escenario.

Mi profesor de dramaturgia, Pablo Ley, nos enseñó a seguir el proceso de los trenes y vagones de colores y curva de energía como estrategia de planificación para la escritura de un texto teatral. El proceso es similar al que se utiliza en guión, pero teniendo muy en cuenta la energía y traduciendo esta energía en colores y en curvas. Un tren por cada acto, un vagón con su color para cada escena, una curva de energía que guía a todos los trenes. Con este proceso, a partir de entonces, he creado yo todos mis textos, así que tras plantear el tema y los subtemas y los personajes dibujo los trenes y los vagones y pinto los vagones con las emociones que contienen. Tener este plan visual me ayuda a tener siempre presente la globalidad del texto.

De todas formas he de confesar que soy conocida como la improfilmer entre mis colegas de profesión. He tenido siempre una clara estructura pero he dejado después que fluya la creatividad en el momento mismo de la creación. He realizado cortometrajes (de ficción, de danza, videocreaciones para escena) sin un plan de rodaje, sin guión, sin storyboard y sin planta de cámaras. Pero siempre, siempre, siempre, con una clara estructura previa. Aunque esa estructura no se haya traducido en palabras escritas en un papel.

A mis alumnos (de lenguaje escénico y lenguaje audiovisual) siempre les he pedido que pasen por todo el proceso de escritura sin saltarse un solo paso. Y ellos mismos, al conocer mi forma de trabajo, han querido saltarse los pasos y echarse directamente a la calle a grabar o a la escena a actuar. Pero mi respuesta siempre ha sido la misma: primero perfeccionar técnica y aprender todos los procesos, para luego poder prescindir de ellos. Si yo no hubiera tenido antes la formación y la experiencia del proceso de escritura no sería capaz de improvisar. Respondiendo a la pregunta que yo misma me he hecho, la formación y la adquisición y asimilación previa de las estrategias de escritura me convierten en alguien competente.

Durante mi formación como bailarina de danza contemporánea siempre luché con mis compañeras para que cogieran los libros y estudiaran, para que se enfrentaran a un proceso de creación sobre papel antes de lanzarse a crear una partitura de movimientos. Muchas coreografías nacen sobre la improvisación, de hecho la mayoría de ellas nacen de la improvisación, pero resultan mucho más enriquecedoras cuando éstas están enriquecidas con un trabajo de creación previo al movimiento. El movimiento por el movimiento puede suscitar emociones e incluso invitar a la reflexión, pero cuando el intérprete conoce el qué, el porqué y el cómo de la dramaturgia o coreografía puede llevar la interpretación a unas capas de comunicación mucho más profundas y sutiles.

Como conclusión, tras esta divagación un tanto personal, puede decir que comparto con Cassany la idea de que la planificación y el uso de las distintas estrategias de composición enriquecen el texto.

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